¿Soy Realmente Cristiano?

Recientemente terminé de leer el fascinante libro de Mike McKinley que se titula «¿Soy Realmente Cristiano?» y quiero exponer un poco de mi experiencia con esta lectura, aunque aclaro de inmediato que no tengo la intención de que esto que voy a escribir se vea como una reseña de su libro (pues no sé ni pio de crítica literaria), sino como una expresión de cómo me identifiqué con este libro y de su gran impacto en mi vida como cristiano una vida en la cual precisamente el pasado 5 de junio cumplí 18 años. Sí, 18 años, lo que en mi país me califica como un cristiano que ha pasado de la adolescencia a la «mayoría de edad en Cristo.» [Estoy bromeando aquí].

Pero en serio, me sentí impactado con este libro de muchas maneras y, curiosamente, tuve una razón extra para sentirme identificado desde el principio ya que, al igual que yo, Mike es un fanático de los Yankees de New York. Lo que quiero decir es que este libro lo primero que logra hacer mi vida es convencerme de que soy un fanático casual y mediocre de los «Bombarderos del Bronx». Les diré por qué, el autor dice textualmente: «Viajo con mi familia para ver al equipo jugar, veo la mayoría de sus partidos en la televisión, nombro mis mascotas como los jugadores de los Yankees, y me pongo de mal humor cuando los Yankees pierden». Yo, todo lo contrario; nunca he ido a los Estado Unidos y mucho menos a un partido en el Yankee Stadium, no se muy bien quiénes son los jugadores y muchas veces me integro más al equipo cuando están en las semifinales para ser parte de lo que podría ser una conquista más de la Serie Mundial. En definitiva, como dice McKinley, no calificaría como un “gran fan de los Yankees”.

Ahora, no me cabe la menor duda de que la pregunta más importante en esta etapa de mi vida no es, y nunca será: ¿Soy realmente un fanático de Los Yankees? sino ¿Soy realmente cristiano? Y confieso que nunca me había hecho esta pregunta tan seriamente como ahora, por tal razón, para responderme tuve que ver dentro de mí las verdaderas intenciones de mi corazón y repasar la historia de mi conversión. Pero esa no fue la parte más difícil, la parte más difícil fue saber que estaba delante de Dios y tenía como espejo Su Palabra, en definitiva, yo no soy lo que digo, sino lo que Su espejo refleja. Aquí voy.

Como dije en el primer párrafo inicié este camino 18 años atrás, recuerdo muy bien ese día, era un jueves en la noche del 5 de junio de 1997. Muchas cosas no estaban claras en mi mente, acudí a un pastor para que ore por mi, motivado principalmente por el hecho de que como pecador merecía ir al infierno y eso me aterraba. Sí, tenía mucho miedo al infierno, algo que en sí mismo no es malo pero no es suficiente ya que temer al infierno es como pensar más en las consecuencias que en el hecho mismo de pecar contra Dios. Yo debía amar a Dios por lo que Él es y hace, luego reconocer que mi desobediencia tenía como consecuencia el infierno. Dios me ayudó a entender eso esa misma noche, pienso por eso que mi conversión ocurrió horas después de mi «conversión».

Mi vida en este camino transcurrió, y yo cada vez más me interesaba en conocer La Biblia, leerla y descubrir lo que Dios quería para mi. Nació en mí un gran deseo por estudiar teología y, esto me ayudó mucho para servir en la iglesia como profesor de Escuela Bíblica pero mi gran error era que estaba muy apegado a conocer la doctrina correcta y no dejaba que Dios actuara en mi vida y en mi conducta. Este es un grave error que cometen muchas veces los que aman la sana doctrina, olvidan que el fin de todo el consejo de Dios es producir en nosotros un corazón recto y humilde delante de Él.

Otra de las cosas a la que me llevó el amor y el respeto a la sana doctrina fue considerar cambiar de congregación. No voy a dar detalles del cambio pero creo que es muy evidente que muchos de los púlpitos de las iglesias locales carecen de la predicación expositiva y genuina de La Biblia. La mayoría de los pastores y predicadores han olvidado su compromiso con Dios y están más enfocados en motivar y entretener a sus oyentes de cada domingo. Esto me tenia enfermo casi literalmente y es así que casi un año después de pensar y meditar sobre esta decisión, Dios me dirigió a una Iglesia Bautista, no por el hecho de ser Bautista sino por entender que estaba alineada con la sana doctrina y el amor por vivir La Palabra de Dios.

¿Por qué puedo decir que Dios me llevó a la Iglesia Bautista? Por la sencilla razón de que allí es donde descubro el verdadero significado de amar la enseñanza de La Palabra y dejar que esa enseñanza primero actúe en mi como hijo de Dios, como esposo, como padre, como todo lo que Dios desea para mi. No quiero decir con esto que la salvación está en una iglesia particular, solo Jesús es el salvador. Pero, si una iglesia no expone de manera fiel Las Escrituras, es muy probable que tampoco esté llevando personas genuinamente arrepentidas y convertidas a Cristo.

¿Por qué cuento todo esto? porque es precisamente 18 años después que estoy aquí leyendo este libro y haciéndome esta pregunta. Estoy seguro que para algunos esta pregunta muestra inseguridad. Pero creo que es saludable para el creyente verdadero examinarse a sí mismo muy afanosa y profundamente. Nuestros corazones son engañosos, de manera que sus intenciones no se halla en la superficie, sino que deben ser sacadas de su más profundo interior. Además, la pregunta edifica al demostrarnos la incapacidad de salvarnos a nosotros mismo, llevándonos de esa forma a confiar en Dios plenamente. Así lo hizo conmigo por la gracia de Dios.

En el caso del No cristiano, esta pregunta crea la necesidad de ir a Dios con corazón sincero. Claro, siempre y cuando el Espíritu guíe este proceso hasta producir arrepentimiento.

¿Soy Realmente Cristiano? Esa es una pregunta que yo debo responder íntimamente y si mi respuesta es positiva yo debo reconocer la gracia de Dios en mi y dar testimonio de ello ante la iglesia y el mundo, por lo tanto, hazte también la pregunta.

Mi oración es que el Espíritu Santo te haga entender lo que este libro explica, y es que, de manera resumida, la fe genuina en Cristo se caracteriza por cinco cosas:
1- Creer en la verdadera doctrina. No eres cristiano simplemente porque te agrade Jesús.
2- Odiar el pecado en tu vida. No eres cristiano si disfrutas de pecar.
3- Perseverar en el tiempo. No eres cristiano si no perseveras en la fe.
4- Amar a los demás. No eres cristiano si no te preocupan las otras personas.
5- Ser libre del amor por las cosas del mundo. No eres cristiano si para ti las cosas del mundo son más valiosas que Dios. La Gloria sea al único y verdadero Dios. Amén.


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